jueves, 13 de marzo de 2014

El caso del camionero desaparecido.

Sobre las seis de la tarde apareció un hombre alto, rubio y fornido. Nos entendimos en alemán. Quería pasar la noche. No le hice pagar por adelantado, ya que a la jefa y dueña del hotel le parece que puedo ser un poco brusca con el dinero. Para mí no es así. Me quito un problema de encima.
Bueno, la cuestión es que no le cobré al hombre. El sujeto desapareció de mi vista. Y como no tenía en perspectiva nuevas entrada, hay días tontos, en que no llega nadie, me fuí a la cocina a prepararme un tente en pié. La dueña es generosa y no pone pegas a que uno se beneficie de los alimentos del desayuno. Yo procuro ser parca. No ataco los cruasants que se que se pueden servir al día siguiente. Consumo porciones de quesitos y algún refresco.
De nuevo en la recepción, vi salir al hombre alto, rubio y fornido. Un sueco. Se dirigió al aparcamiento. Subió a un camión de grandes proporciones. Era uno de tantos camioneros, pensé y me desentendí del sujeto.
Dieron las ocho, ya la jefa se encontraba en la recepción. Es el momento que aprovecho disfrutar de la conversación de una mujer que ha vivido mucho. Parte de su niñez transcurrió durante la Segunda Guerra Mundial. La adoro. (Continuará)

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